Las Cataratas del Niágara

La sonrisa más grande y empapada de ese día
Para acceder al barco hay que bajar por este pintoresco funicular
Niagara
Las famosas (y deliciosas) beavertails
La vista de las cataratas desde la plataforma de la tirolesa, con arcoiris incluido

No podía ir a Ontario sin planear un día visitando las famosas cataratas. De hecho podría decir que era mi razón principal para ir a Canadá, y debo confesar que es uno de mis momentos favoritos hasta ahora.

Llegar a las cataratas desde Toronto es bastante fácil, ya sea que contrates un tour o lo hagas por tu cuenta puedes llegar a Niágara en menos de dos horas.

Yo decidí ir por mi cuenta, así que me levanté muy temprano y caminé a la estación de autobuses y un par de horas después llegué a Niágara, donde esperé un rato para tomar otro camión que me acercara a las cataratas ya que había llegado demasiado temprano y no tenía tantas ganas de caminar la distancia hasta las cataratas que de acuerdo a Google Maps eran más de 40 minutos, por lo que el autobús me pareció la mejor opción y una vez que por fin llegó unos 15 minutos después ya estaba frente a las cataratas.

La ciudad de Niágara me dio un poco la impresión de ser la versión canadiense de Las Vegas (que nunca he ido, pero he visto bastantes películas) ya que hay todo tipo de lugares para entretener a personas de todas las edades; desde parques de diversiones, restaurantes familiares como el Rainforest Cafe, hoteles, casas del terror, casinos y un montón de actividades que involucran a las cataratas.

Yo había decidido desde antes que no podía quedarme sin subirme al Hornblower Cruise, una de las atracciones más populares que consiste en un barco que te acerca lo más posible a las cataratas, el precio del boleto incluye un impermeable (que debes regresar al final del recorrido y es muy necesario, no quieran hacerse los valientes) y si pueden comprarlo con anticipación en su página de internet se ahorrarán una fila que parecía durar horas.

Una vez a bordo del barco, pueden escoger estar en cualquiera de los dos niveles para admirar la vista y prepararse para quedar empapados conforme se acerquen a las cataratas. Con toda seguridad puedo decirles que esta ha sido una de las mejores experiencias de mi vida hasta ahora, hubo un momento en el que estábamos tan cerca que lo único que se podía ver alrededor era agua blanca y el único sonido era el estruendo de la fuerza del agua al caer. El recorrido dura aproximadamente 25 minutos.

En cuanto terminó, caminé alrededor de la ciudad para secarme un poco con el sol que hacía (hasta tuve que comprarme un sombrero del calor que hacía), probé mi primera beavertail (un postre típico canadiense, y una no tan buena idea en un día caluroso), comí mi primera Beyond Burger en Tim Horton’s y caminé a lo largo del parque tomando fotos de las cataratas desde cualquier ángulo posible.

Otra de las cosas que quería hacer en Niágara era subirme a la tirolesa que sobrevuela el agua, y después de mucha indecisión por fin compré mi boleto para hacerlo. El único problema fue que eran boletos con horarios específicos y mi camión de regreso a Toronto salía a las 5:30 y mi boleto para entrar a la tirolesa era a las 3:30. Hasta ahí todo bien ¿no? pues no precisamente ya que el proceso desde la entrada hasta la plataforma para aventarte puede tomar más de una hora, pero aún así yo decidí correr ese riesgo.

Y ahora, debo decir que fue una buena decisión ya que esta experiencia me gustó tanto que la empataría con el Hornblower Cruise si no fuera tan corto el tiempo en el aire, viendo las cataratas desde arriba. Y aunque una vez que terminó, tuve que correr e incluso pedir un taxi para llegar a tiempo a la estación, no me arrepiento para nada.

Una vez de regreso en Toronto, hambrienta y un poco cansada, me encontré con la grata sorpresa de que Milk Bar y Momofuku tienen una sucursal canadiense y terminé mi día cenando allí y comprando más postres de los necesarios para una sola persona.

Definitivamente uno de los mejores días del viaje.

-Agatha

Un comentario en “Las Cataratas del Niágara

  1. Pingback: La vez que Chinatown me salvó el viaje

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