La vez que Chinatown me salvó el viaje

Cómo recordarán en posts anteriores, mencioné que uno de los días del viaje no logré tomar fotos y la razón de eso es porque mi celular decidió morir ese día y abandonarme en tierras canadienses.

Antes de cualquier cosa tengo que contarles que mi celular era extremadamente anciano para los estándares actuales, tenía con él más de 3 años y lo amaba tan profundamente como se puede amar un aparato electrónico, y mis razones para no cambiarlo eran básicamente ahorrar lo más posible para futuros viajes y mi mudanza al Reino Unido en caso de que me aprobaran la visa una vez que fuera a mi cita para tramitarla, además de que por ser tan viejo ya lo había terminado de pagar y podía ponerle una tarjeta SIM una vez que me mudara. Pero el destino tenía otros planes para mí, con potencial de arruinar mis planes en Toronto.

Desde que comencé a empacar ya llevaba sufriendo apagones espontáneos en los momentos menos esperados así que iba preparada con múltiples cargadores y dos pilas extraíbles ya que lo que menos quería era quedarme sin teléfono estando sola en un país nuevo, además de tener todas mis reservaciones e información en él. Mi familia me advirtió una y otra vez que mi teléfono estaba cerca de su muerte, e incluso se ofrecieron a prestarme alguno de los suyos, cosa que ignoré y no volví a recordar hasta que estaba en el aeropuerto a punto de despegar.

Pero los estragos comenzaron a notarse desde mi llegada a la ciudad por la madrugada, con mi teléfono apagándose sin motivo cuando necesitaba mis boletos para el UP Express o pedir un Uber para llegar a mi hostal, incluso dejándome sin mapa para recorrer la ciudad en mi primer día. Enseñándome una valiosa lección sobre mi dependencia a la tecnología (pero ese no es el punto de este post).

No fue hasta la tarde de ese primer día que decidí comer algo en St. Lawrence Market, que a pesar de que la luz del teléfono me decía que la batería estaba cargada al 100% por más que presionaba los botones, la pantalla no reaccionaba y lo único que hacía era incrementar la temperatura del celular. Un poco preocupada, y muy hambrienta de tanto caminar, decidí ignorarlo para poder disfrutar mis pierogi y latkes en el tumulto del mercado, diciéndome a mí misma que lo arreglaría después.

Y efectivamente, después de comer, descansar un poco y tomar algunas fotos por los alrededores de Saint Lawrence, entré a un pub en búsqueda de un enchufe y algo frío que tomar porque el verano canadiense no es ningún juego. Una vez que pude sentarme a ver lo que estaba pasando con el teléfono fue que me di cuenta que ningún enchufe (ni bebida fría) me iba a poder ayudar, como pasa cuando las baterías se inflan al punto de estar a punto de explotar.

En ese momento mi mente comenzó a ir a mil por hora pensando en todo lo que tenía guardado ahí, los mapas que necesitaba, la línea de contacto con mi novio y mi familia, las aplicaciones que usaba constantemente, y yo creo que la bartender vio mi cara de espanto y preocupación que me preguntó lo que sucedía.

Después de contarle a ella y a otras personas en la barra lo sucedido, me recomendaron que lo mejor sería comprar un celular barato en Chinatown, así que sin terminarme lo que había pedido corrí al primer tram que me llevara a Chinatown (que por suerte era donde estaba mi hostal así que conocía el camino bastante bien) y efectivamente encontré varias tiendas que prometían vender celulares baratos, cosa que casi hago pero que gracias a otra persona que estaban atendiendo antes de mí pude escuchar que también cambiaban baterías por la mitad de lo que me hubiera costado comprar un celular de segunda mano bastante antiguo.

Con la promesa de que estaría listo en 40 minutos, caminé la corta distancia a mi cuarto en el hostal y tomé una muy necesaria siesta para tratar de olvidar todo el estrés que había tenido y una vez que llegó la hora, lo recogí y me lo entregaron como nuevo. Listo para la aventura del día siguiente y durar hasta septiembre, cuando a pesar de mi resistencia lo tuve que cambiar porque ya no tenía solución.

No sé qué hubiera sido de mí en ese viaje, sobre todo estando sola, al quedarme sin teléfono pero afortunadamente no lo tuve que descubrir y espero que esto les sirva como lección para no tener toda su información importante en un sólo lugar (ya sea que tengan mi suerte o no).

¿Alguna vez su teléfono les ha complicado algún viaje?

-Agatha

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